No era D10S… simplemente era Diego

La muerte de Diego Armando Maradona conmociona al mundo, el hombre que era capaz de todo

Ha muerto Maradona, que no era Dios como muchos, miles, millones, le hicieron creer durante años, endulzando sus oídos con la traicionera miel de un éxito envejecido. Porque sí, el éxito también envejece.

Diego murió este miércoles 25 de noviembre a los 60 por un paro cardiorrespiratorio.

Aunque en el caso de él, de Maradona, el éxito se hacía cada año más bonito, cada año más épico, cada año más solo suyo y no de aquellos que corrieron a la par en el Mundial de México, en el lejano 1986.

No era D10s... simplemente era Diego

Ha muerto Maradona y los que lo vieron cerrar los ojos por última vez habrán comprendido eso: que no era Dios.

Que era apenas un ser humano falible y triste como todos, capaz de amar y ser amado. Capaz de odiar y ser odiado. Que podía morir. Y también lo hizo.

Lo siento por “Dieguito”, aquel niño que una tarde se paró por primera vez ante una cámara que filmaba en blanco y negro y dijo, con la pelota abajo del brazo, que quería ser campeón del mundo.

Desde ese día, ya no sería Diego para empezar a ser Maradona.

Ese apellido que tomó forma de hombre, que tuvo vida propia. Que fue rey de reyes. Que provocaba reverencias. Que se movía entre multitudes, cautivando todas las miradas y las cámaras.

Y Maradona anduvo por todo el mundo, recorrió todas las ciudades, todas las canchas, todos los bares y puticlubes, los despachos de importantes políticos y los mejores hoteles. Todas las puertas se abrían para Maradona. Tuvo todas las llaves de todas las ciudades.

Ese Maradona, el que no era Dios pero lo convencieron de que sí lo era, quizá pensó que jamás moriría.

Que la muerte no podía meterse con gentes tan importantes, tan invencibles. Por algo siempre revivía, por algo lo comparaban con el “Ave Fénix”.

Pero la muerte siempre sabe más, porque sabe cuando termine, cuando bajará el telón. Y suele elegir los peores momentos.

Y para Maradona también hubo un final. Triste, solitario y final, escribiría “el Gordo” Osvaldo Soriano.

No era D10S... simplemente era Diego

Maradona murió como nadie pensó que moriría un Maradona.

No pudo convivir con esa leyenda que también fue envejeciendo y se fue quedando solo, aunque estuviera siempre rodeado de gente. De abogados y patovicas. De chicas jóvenes y aduladores.

Se quedó solo porque ya no estuvo Claudia, porque ya no estuvieron sus hijas, Dalma y Giannina.

Y en esa soledad ruidosa, con música y payasos sirviendo champán, todo duele más. Es como quedarse en una fiesta donde todos son desconocidos.

Maradona, seguramente el más magnífico y talentoso futbolista nacido en este país, jamás será olvidado. Eso está claro. Los libros, los videos, sus fieles, se encargarán de que esta historia legendaria siga pasando de generación en generación. De padres “Maradoneanos” a hijos “nuevos Maradoneanos”.

Pero ese Diego, el auténtico, el primer Diego, poco a poco se irá apagando en el recuerdo de los que verdaderamente lo conocieron.

A ese chico soñador y sensible, que se crió en un hogar humilde, con una madre que no comía para que ellos coman. Donde todos dormían amontonados. Donde había mate cocido y pan de ayer.

De eso está hecho el gran Maradona y de eso estaban hechos sus sueños: de barro y tristeza, de hambre y deseo de escape. De ausencias.

Se apagó la luz de Maradona y quedó el aura de Diego, el hombre que lloraba por las noches extrañando a sus papás y a los abrazos de verdad.

Se apagó la luz de Maradona y ahora todas esas rubias que quisieron ser Claudia sin suerte estarán pensando qué les corresponde, si es que pueden quedarse con algo de toda esa fortuna.

Por ahí también andarán los amigos del campeón que hicieron fila para pedirle una camiseta, un autógrafo, unos pesos.

Y Maradona les daba, siempre les daba. Porque había para todos, menos para Diego.

Ese Diego que fue quedando en el olvido, que quizá ya había desaparecido hace años de su cuerpo.

Ese Diego que supo cuánto pesaba la Copa del Mundo. Ese Diego que hizo el gol más maravilloso jamás soñado y el de la mano de Dios. El que todavía conocía la sorpresa. Al que aún lo asombraba manejar una Ferrari por las calles de Napoles.

No era D10S... simplemente era Diego

Hasta que hubo un día que ya había probado todo. Que ya no había nada que lo conmueva. Fue el principio del fin.

Maradona se ha ido y quedará la tristeza, los días de luto, los miles de mensajes de despedida de los más carteludos. Las frases de ocasión y las lágrimas oportunas.

Hubo que esperar este final, este triste final, para comprender que no era Dios. Ese Dios que necesitábamos para creer en algo. Ese Dios inventando.

Maradona se terminó devorando al Diego, al “Dieguito”, al pibito que la movía como nadie en los campitos de Fiorito con una zurda que pudo tapar casi todas las carencias.

Dan ganas de abrazarlo a ese Diego, al que se fue yendo antes de tiempo, que se fue durmiendo, entre cocaína, pastillas y palmadas traidoras en la espalda.

El día que murió Maradona, este día, quizá Diego pueda descansar finalmente en paz. Porque él lo supo desde siempre.

Nunca hubo un Dios. Y todos tenemos fecha de vencimiento. Hasta ese Maradona que logró que el mundo se pusiera a sus pies.

Ha muerto Maradona. Que no era Dios. Simplemente era Diego, apenas eso. O todo eso.


Hernán Laurino | Mundo D, La Voz, Argentina

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